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Imagina que estás en uno de los momentos más importantes de tu carrera, casi como si estuvieras a punto de marcar un hito en tu carrera, y de repente el test de embarazo da positivo. Eso es exactamente lo que le ocurrió a la actriz Rosamund Pike, quien recientemente ha hablado sin tapujos para The Times sobre el momento vital que transitaba cuando supo que iba a ser madre.
«No soy muy estratégica en cuanto a mi carrera, asegurándome de estar en el lugar correcto, conociendo a la gente adecuada. Hice Perdida, me quedé embarazada, y no estuve allí para hacer contactos y aprovecharme de todo. Podría haber sido mucho más estratégica», comentó a la cabecera británica. «Estaba en un punto en el que podría haber conseguido muchos trabajos, pero me retiré durante 18 meses, lo cual fue una locura», añadió. La actriz, que ahora tiene 47 años, fue madre en 2012 y 2014, cuando tenía 33 y 35 respectivamente.
Como ella, muchas mujeres se enfrentan a esa sensación de tener que haber planificado por adelanto el momento, dejándolo llegar en etapas de menor trabajo, menor carga profesional o tranquilidad. Pero, ¿realmente existe un momento perfecto?
Jennifer Flórez, psicóloga clínica, divulgadora y experta en amor propio y relaciones, pone palabras a este dilema tan habitual como poco visibilizado: «Cuando un embarazo coincide con un momento profesional importante, muchas mujeres sienten que quizá calcularon mal el momento. Ahí aparece una presión enorme, esa idea de que una mujer responsable debería saber exactamente cuándo ser madre para que nada interfiera con su carrera», comenta.
En una sociedad que premia la productividad constante, muchas mujeres sienten que deben encajar la maternidad como si fuera una pieza más del calendario. Sin margen de error. Sin embargo, la experta introduce un matiz clave: «Es natural que una mujer piense, planifique y reflexione sobre cuándo quiere tener hijos. Eso forma parte de tomar decisiones conscientes sobre la propia vida».
Pero, aunque parece claro que la responsabilidad juega un papel clave en el asunto, hay factores importantes a tener en cuenta: «Otra cosa muy distinta es creer que una mujer solo está haciendo bien las cosas si logra encajar su maternidad perfectamente dentro de las exigencias del trabajo. Ahí empieza una trampa muy peligrosa, porque el valor personal comienza a medirse por la capacidad de rendir, producir y no interrumpirse nunca».
Cuando el tema deja de ser maternidad
Lo interesante es que, como explica Jennifer Flórez, este conflicto va mucho más allá del momento en el que llega el embarazo: «Ahí es donde este tema deja de ser solo maternidad y se convierte en un tema de amor propio. Porque amor propio es la capacidad de aceptarse a sí misma tal y como es, incluso cuando no está en su versión más productiva, más disponible o más eficiente», explica.
En este asunto, entra también en juego las construcciones sociales y los roles de género que siempre han perpetuado a la mujer. Queda claro que, cuando una mujer no llega a todo, la culpabilidad cae sobre ella más que sobre un hombre. Más allá de trabajar, siempre se le ha atribuido el cuidado del hogar y de los niños. Y, aunque la situación está cambiando, a veces resulta difícil despojarse de estas creencias arraigadas.
Que Rosamund Pike ponga sobre la mesa este asunto ayuda a darle visibilidad y analizar qué hacer en esos momentos en los que, como ella, una se siente culpable por no haber pensado antes y no poder cubrir todo lo que se espera de ella. En este sentido, la autoestima y el autocuidado vuelven a jugar un papel principal: «Se trata de no sentir que vale menos porque su cuerpo o tu energía cambió, porque ya no puedes responder al trabajo de la misma manera que antes. Es entender que aceptarse tal y como una es en cada etapa de la vida también implica dejar de pelearse con su realidad, dejar de exigirse funcionar como si nada estuviera pasando y reconocer que necesitar ayuda, reorganizar prioridades o bajar el ritmo no la hace menos valiosa ni menos capaz», cuenta la psicóloga.
Más allá de la logística, lo que aparece es una vivencia emocional intensa. Como describe la experta en salud mental, «también aparece miedo a no poder responder igual, angustia por cómo serán percibidas en el trabajo y frustración por tener que bajar el ritmo. Pero hay que recordar que, que el ritmo cambie no significa que el valor cambie. El embarazo y el posparto son etapas que reorganizan el cuerpo, la energía y las prioridades. Pretender atravesarlas sin que nada se modifique suele generar culpa, agotamiento y una sensación injusta de insuficiencia».
La pregunta clave que cambia todo
Lejos de centrarse en si fue o no el momento adecuado para ser madre, la experta propone un cambio de enfoque: «Quizá la pregunta más importante sea desde dónde se está mirando a sí misma en ese proceso. Si se está midiendo desde la exigencia de no fallarle a nadie o desde la capacidad de aceptarse a sí misma tal y como es también en una etapa de cambio. Porque una mujer con amor propio no solo se acepta cuando todo le sale bien. También se acepta cuando la vida la confronta con una versión de sí misma que no tenía prevista».
En el fondo, este tipo de situaciones abren un debate mucho más amplio sobre cómo se construye la autoestima femenina en contextos exigentes. Tal y como concluye Jennifer Flórez: «No solo habla de embarazo. Habla de cuántas mujeres han aprendido a sentirse valiosas solo cuando logran no interrumpirse nunca. Y eso hay que cuestionarlo. Porque una mujer no tendría que demostrar su valor siendo capaz de con todo al mismo tiempo. Tendría que poder vivir sus transformaciones sin sentir que por eso pierde lugar, importancia o identidad. Ahí está el verdadero punto. No en si el embarazo llegó en el mes perfecto, sino en cómo una mujer se trata a sí misma cuando la vida no coincide con su plan».


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